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domingo, abril 11, 2021
El ciego Bartimeo

¡Buena noticia! ¿Ya saben lo sucedido?

Todo comenzó en Galilea. Una vez bautizado Jesús, se pudo oír la voz de Dios. Fue algo indescriptible, en relación a lo que pudieron sentir, quienes oyeron la voz del Padre

Qué experiencia, tan extraordinaria. Tiene la gente que puede oír la voz de Dios. Los acompaña, la verdadera felicidad.

Feliz será siempre quien desde esta vida pueda oír a Dios. Una voz fuerte, y al mismo tiempo tierna, que presentaba con mucho cariño y orgullo a su Hijo.

Como si fuera poco lo que habían experimentado, bajó sobre ellos el Espíritu Santo. Vieron unos, y sintieron otros, una luz incomparable que les hacía comprender los misterios de Dios.

Un Espíritu que los animaba, les fortalecía y les abría el entendimiento. Pero que sobre todo les dejaba una suave brisa de paz. Momentos únicos y especiales.

¿Quién era esa persona, que estaba siendo bautizada entre ellos? Imagino que ` era la pregunta de alta tendencia.

Según el apóstol Pedro, fue un hombre, “Jesús de Nazaret consagrado por Dios, que le dio Espíritu Santo y poder. Y como Dios estaba con él, pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo” (Hc 10, 38).

Un hombre que, a pesar de su muerte tan trágica, y condenado en la cruz, por la fuerza y el poder de este mundo, no fue olvidado, tampoco vencido. Dios estuvo con él, y lo resucitó.

Queda demostrado, que el poder que pertenece al mundo, y que también nos lo ofrece, es como paja seca barrida por el viento.

Aparentemente, el mal triunfa, pero después no queda nada. Ni siquiera los recuerdos, que son amargos e intolerables.

Jesús sana a enfermos de lepra

Una vez resucitado, Jesús vuelve a ser buena noticia. Se les aparece a los más cercanos, y fieles seguidores. Para aliviar sus tristezas.

Se aparece para curar toda depresión. Toda enfermedad. Nos cura de la pandemia, si lo llamamos con plena confianza y seguridad.

“Nuestro sumo sacerdote (Cristo) no se queda indiferente ante nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, a excepción del pecado”.

La calidad de la fe, se muestra, incluso basta, con invocar sólo su Nombre. Ya nos lo vuelve a advertir Pedro. Pero siempre con la ayuda del Espíritu Santo.

“Sépanlo todos ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quienes ustedes crucificaron, pero a quien Dios ha resucitado de entre los muertos.

No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres ningún otro Nombre por el que debamos ser salvados” (Hc 4, 10. 12).

La buena noticia, será siempre la presencia de Jesús, en medio de todos. Sabemos lo sucedido, con su muerte, triste y dolorosa, pero nos trajo a todos abundancia de vida.

La Resurrección del Salvador

Hablar del triunfo de la resurrección, es hablar de la victoria jamás conseguida por ninguna otra persona de la tierra.

De la victoria que nos ha sido dada o todos, reconocidos y así demostrado, como los verdaderos hijos de Dios.

Jesús, nos ha librado de la esclavitud, de la muerte. Él, es el Señor, de la vida y para la vida. Está el ejemplo de la defensa que les hizo a los habitantes de la tierra, por medio de Noé.

Por medio de Moisés, libró a su pueblo, de la esclavitud, de ser condenados a duros trabajos, incluso a la muerte.

Qué decir, del triunfo que le obsequió, a los habitantes de su reino, por medio de David. El cual, logró la victoria sobre sus enemigos.

Dios nos consiguió la vida. Hoy nos puede conseguir, con su brazo tenso y mano fuerte, el triunfo sobre la pandemia que nos azota. Hasta ahora invencible.

Luz en forma de cruz desde el cielo
Invocar a Dios

El Señor, no nos entregó a la muerte. Nos hizo pasar de la oscuridad a la luz. Dice el profeta Isaías, anunciando por boca de Yavé, que ya había destinado a su elegido, a su Hijo.

Destinado ¿a qué? “Yo, Yavé, te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones.

Para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, y del calabozo a los que yacen en la oscuridad” (Is 42, 6 – 7).

Celebrando este tiempo, de resurrección, sabiéndonos en compañía, de Dios con nosotros, podemos recordar las palabras de Jeremías: “estará a salvo Judá y vivirá seguro Israel”.

Estaremos salvos todos sin excepción, sin condición, ni limitaciones o preferencia, de ningún tipo. Viviremos seguros en nuestras iglesias, juntos todos, como hijos de un mismo Padre.

Lo anuncia el profeta Ezequiel de la siguiente manera: “Dios salvará a sus ovejas y las conducirá a buenos pastos, las limpiará de sus impurezas y les infundirá un espíritu nuevo”.

También lo dice Joel: “Se otorgará, la Salvación, a todos los que invoquen el nombre del Señor”.

Nos queda pensar sin distraernos, todo este tiempo en Jesús, con el gran título del Salvador.

María lo deja bien claro, en su canto de acción de gracias, que llamamos el Magnífica: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”.

Lo advirtió el ángel a los pastores: “Les ha nacido hoy, en la ciudad de David un Salvador que es el Cristo Señor”.

Después del encuentro con la mujer samaritana, sus paisanos, confiesan que Jesús es “verdaderamente el Salvador del mundo”.

Sin ir muy lejos, empezando el Nuevo Testamento, el evangelista Mateo, nos indica en su primer capítulo: “le pondrás por nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Esto en referencia a la advertencia que el ángel hizo a José, sobre el nombre que le pondría al niño que estaba por nacer.

¡Den Gracias al Señor!

Todos sabemos de los beneficios que podemos recibir, al ser siempre agradecidos. Agradecer trae como consecuencia no dejar de recibir.

También es cierto que un alto porcentaje de los hijos de Dios, somos desagradecidos. Producto de muchos factores. Entre ellos, los que vienen de familia, y a lo que tiende siempre nuestra mente.

No somos muy agradecidos porque nuestra mente se fija más en las carencias. En los acontecimientos no tan buenos que nos suceden.

Se venden más las crónicas de situaciones macabras que suceden, que los libros y revistas que nos hablan de las cosas maravillosas que acontecen.

Más llama la atención, las cosas malas que pasan, que las buenas obras que se realizan, que se hacen y se practican.

Decía mi abuelita: “las malas noticias son siempre las primeras en llegar. Confiemos en Dios que nada malo ha sucedido”.

Jesucristo ha resucitado. Es la buena noticia en medio de los estragos que hace la pandemia. Sigue a nuestro lado. No estamos solos.

La realidad se compone de lo bueno, y de lo no tan bueno que sucede en el mundo. En esa misma dirección alimentamos nuestro espíritu.

“La vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella” Marco Aurelio.

Un buen propósito cristiano, es dedicarse a ser testigos de la resurrección. De la existencia de Jesús en nuestras vidas, o en la vida de los demás.

Pudieron suceder situaciones peores, de las que vivimos. O de las que otros han vivido. La diferencia está, en las que hacemos más hincapié y referencia. En las que pregonamos más.

Nos invita el salmo 118 a dar gracias al Señor, porque él es bueno. “Pues su bondad perdura para siempre”.

Algunos versículos podemos meditar, que lo digamos todos, acerca del Resucitado: “¡Su bondad es para siempre! Al Señor, en mi angustia, yo clamé, y me respondió sacándome de apuros.

Si el Señor está conmigo, no temo, ¿qué podrá hacerme el hombre? Más vale refugiarse en el Señor que confiar en los poderosos.

Me empujaron con fuerza para botarme, pero acudió el Señor a socorrerme.

El Señor es mi fuerza, el motivo de mi canto, ha sido para mí la Salvación” (Sal 118, 1 – 2. 5 – 6. 8. 13 – 14).

Dar gracias a Dios, vivir agradecidos con él, y empezar en este tiempo de renovación de la vida en Cristo, es la misión. De todo el que se considera testigo de su presencia.

Dijo Marco Tulio Cicerón: “Tal vez la gratitud no sea la virtud más importante, pero sí es la madre de todas las demás”.

Pero también nos recuerda San Pablo: “Finalmente, sean agradecidos. Que la palabra de Cristo habite y se sienta a gusto en ustedes.

Canten a Dios de todo corazón y con gratitud salmos, himnos y alabanzas espontáneas. Y todo lo que puedan decir o hacer, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col 3, 15 – 17).

“Entender las Escrituras”

En el misterio de la Resurrección Dios nos ha revelado toda la intención de su obra. Por ella podemos comprender su palabra.

Todo lo concretó a través de Jesús, para nuestro bien. Lo comunicó, lo anunció, lo advirtió y lo demostró. Dice San Juan: “Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro y vio también los lienzos caídos.

El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.

Pues no habían entendido todavía la Escritura: ¡él “debía” resucitar de entre los muertos!” (Jn 20, 6 – 9).

Pongamos a valer todos nuestros sentidos a favor de entender el centro de nuestra fe, de nuestra esperanza. Invocando la luz del Espíritu Santo, sin el cual, nada podemos hacer.

Nos recuerda San Pablo: “que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras.

“Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación no tiene contenido, como tampoco la fe de ustedes” (1 Co 15, 3. 13 – 14).

La resurrección del Señor, es el punto de inicio para reprogramar nuestra vida. No cabe duda que existe una cruda realidad. Pero también, la oportunidad de una nueva manera de ver las cosas.

Cristo ha roto los esquemas, en medio del sufrimiento, nunca quiso ser visto como víctima. Todo lo contrario, vio a sus agresores, a quienes le propinaban insultos, y le dieron muerte, como víctimas de su propia manera de pensar y sentir.

Confiemos y no perdamos la fe. Aún con la cruz que llevamos todos. Más en este tiempo. El Señor, nos ayudará y nos aliviará la carga.

“El murió por nosotros, para que, despiertos o dormidos, vivamos con él. Por eso anímense mutuamente y edifíquense juntos, como ya lo están haciendo” (1 Tes 5, 10 – 11).

¡Dios les bendiga!

Padre Marcos Linares
Instagram: @elciegobartimeo
Twitter: @elciegobartimeo
YouTube: Encuentro con la palabra, el ciego Bartimeo

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