Segunda Emisión

martes, marzo 2, 2021
El ciego Bartimeo

El arcoíris en el cielo es la señal

Dios cuando busca comunicarse con los hombres, se fija siempre en dos cosas, muy importantes, para que se produzca la eficacia de su comunicación en nosotros.

Lo primero en lo que se fija Dios para comunicarse con nosotros es que podamos entender su palabra, y la segunda es que estemos seguros, que estemos confiados, en el cumplimiento de la misma.

En sus palabras, el Señor, establecía lo que conocemos con el nombre de la alianza. Alianza, es su compromiso, la honra de sus palabras.

En el libro del Génesis, leemos lo que le dijo, Dios a Noé y a sus hijos: “El pacto que contraigo con ustedes es que en adelante ningún ser viviente morirá por las aguas de un diluvio, ni habrá nunca más diluvio que destruya la tierra” (Gén 9, 11).

Es así, la manera que Dios, ha empleado desde siempre para comunicarse, y para sellar en pacto, en alianza, su palabra.

Luz en forma de cruz desde el cielo
Invocar a Dios

La palabra de Dios no es sólo significativa por lo que dice y produce. Lo es, principalmente, por ser medio maravilloso de servicio, al diálogo, a la intimidad, entre Dios y sus hijos.

Por creer en la palabra, y demostrarlo a través de la obediencia, tenemos la oportunidad de realizarnos en el mundo como imagen de Dios.

Imagen de un Dios, que es Padre Nuestro. A quien pedimos que, su voluntad se haga siempre entre nosotros.

Aplicando la palabra en cada uno, podemos cumplir el mandato de Jesús a sus apóstoles. Ser testigos de su nombre.

Si leemos la Biblia, la comentamos, y nos comunicamos sus enseñanzas, seremos testimonio viviente de Dios que nos crea y nos salva.

Es a través de la palabra, que adoptamos el modo de ser cristianos. Supone la experiencia, del “encuentro con un Dios – persona que se dirige a personas”.

La lectura de la Biblia nos hace mejores humanos. Nos hace sentir más hermanos. Por un solo Padre, que busca hablar con todos sus hijos.

Nos hace tomar conciencia. Que el verdadero progreso, la verdadera realización, de cada uno, se logra en diálogo constante con la palabra de Dios.

Palabra, que nos respeta, y cree en la palabra nuestra. ¡Qué compromiso tan grande! Pero también es grande su amor por nosotros.

Dios no buscará destruirnos. No quiere la muerte del pecador. Quiere nuestra conversión, demostrada en mejores comportamientos. Caridad y amor, paciencia y perdón, entre nosotros.

Nos ha dejado como señal de compromiso, pacto, y alianza de su promesa, la imagen del arco iris.

“Y dijo: Esta es la señal de la alianza que establezco entre ustedes y yo, y con todo animal viviente que esté con ustedes, por todas las generaciones que han de venir: pongo mi arco iris en las nubes para que sea una señal de mi alianza con toda la tierra.

Cuando yo cubra de nubes la tierra y aparezca el arco en las nubes, me acordaré de mi alianza con ustedes y con toda criatura que tiene vida, y nunca más habrá aguas diluviales para acabar con toda carne” (Gén 9, 12 – 15). 

Tiempo para vencer

Estamos iniciando el tiempo de Cuaresma. Es el momento para sobreponerse ante las dificultades.

Cuaresma es la oportunidad de poner a prueba nuestra fe, es decir, nuestra confianza en Dios, para rechazar la invitación al facilismo que busca tentarnos cada día.

“Las cosas buenas, siempre cuestan tanto” dice la canción. Pero es una realidad. Existe en gran parte de nuestra naturaleza, querer conseguir cosas grandes, con mínimos esfuerzos.

El facilismo, será siempre una ilusión óptica. Una manera errada de querer acercarnos a grandes conquistas.

“El hombre que mueve montañas comienza cargando pequeñas piedras”, Confucio.

Es el facilismo, una estrategia utilizada por el tentador. “Entonces se le acercó el tentador y le dijo: Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan.

Pero Jesús le respondió: Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mat 4, 3 – 4).

En la respuesta de Jesús, siempre está la clave. Nuestro alimento, está servido en la Palabra que sale de la boca de Dios.

Recomiendo en esta oportunidad, el salmo 18. Es un salmo, que aparece luego de conseguir una victoria. Contiene dos actitudes esenciales para vencer.

Primero, la voluntad, la cual implica: entusiasmo, ánimo y lucha; y segundo, el agradecimiento. En esto, están las bases para lograr un avance exitoso.

“Yo te amo, Señor, mi fuerza, El Señor es mi roca y mi fortaleza; es mi libertador y es mi Dios, es la roca que me da seguridad; es mi escudo y me da la victoria.

En mi angustia yo invoqué al Señor, y clamé a mi Dios. Mi clamor llegó hasta sus oídos y desde su Templo oyó mi voz.

Desde lo alto su mano me tomó, y me rescató de las aguas profundas. Me libró de enemigos poderosos, de enemigos más fuertes que yo.

Tú haces, Señor, que brille mi lámpara, ¡mi Dios ilumina mis tinieblas! Me revistes de fuerza en el combate, y doblega ante mí a mis agresores.

¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Ensalzado sea el Dios que me salva! Por eso te ensalzaré, Señor, y en medio de los pueblos cantaré tu Nombre”. (Sal 18, 2 – 3. 7. 17 – 18. 29. 40. 47.50).

Atrás quedarán los miedos, las enfermedades, y las calamidades si nos aferramos a Jesús. Si la fe nos hace pensar, que con sólo tocar su manto quedaremos liberados y sanados.

No en vano aprendemos de la expresión, de la oración corta y completa, de San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4,13).

Tomar conciencia nos ayuda a crecer

Siempre queremos ser mejores personas. Queremos sentir que nos realizamos en lo que hacemos.

Cuando decidimos tomar conciencia, parece que despertamos a la realidad de las cosas. Esto es clave para crecer humana y espiritualmente.

Tomar conciencia es siempre la advertencia que recibimos, cuando se quieren conseguir los buenos propósitos. Cuando queremos que las metas se cumplan.

Quise para esta ocasión, escribirles sobre un personaje llamado “Felipe Delgado”. Se llama así, la obra de un escritor boliviano, que además fue poeta, periodista, dramaturgo y docente: Jaime Sáenz Guzmán.

“Felipe Delgado” tiene como ambiente La Paz. Capital de Bolivia. Señala varios nombres de calles, de plazas, importantes de la ciudad.

La novela, se ubica, en tiempo de los acontecimientos de la guerra, entre Paraguay y Bolivia, llamada la guerra del chaco, hacia el año 1932 al 1935.

Pero la obra se publicó en 1979. El protagonista presenta graves problemas psicológicos, aunados al alcoholismo. Lo que le hace vivir cosas espantosas. Su gusto por ir a la morgue a recibir luz e inspiración, ya nos dice mucho.

Todo comienza con el momento de agonía del papá de Felipe. Ya había perdido a su mamá Ramona, el mismo día en que nació.

Luego se fijará en la “Dama del Circo” llamada Ramona, quien también morirá de cáncer. Dos acontecimientos, muy tristes de su vida.

El señor Virgilio Delgado, manda a buscar a su confesor, para morir cristianamente, al religioso Fray Guzmán.

Mientras que el protagonista sale en búsqueda del sacerdote, hacia el convento, en una noche fría y lluviosa, suceden unos fenómenos bastante extraños, y asquerosos.

El autor nos narra que, Felipe se distrae, y vive momentos de gran confusión mientras va al encuentro del religioso. Incluso, que entra en una chingana (taberna o bar).

Posee sentimientos encontrados. Por una parte, no quiere ir a buscar el confesor, para que no muera tan rápido su padre. Pensaba: “Quien espera no muere”.

Por otra parte, sentía remordimiento por no darse prisa y cumplir con el mandato de su padre. Por temor a llegar tarde, y no cumplir con su último deseo.

Mientras que está en la taberna, llamada “El Purgatorio” le vienen a su mente grandes recuerdos, de las conversaciones entre él y su papá. De momentos al salir de la iglesia, y otras celebraciones.

El papá le decía, por ejemplo: “Fíjate ya eres grande; amar a Dios es lo más importante. Ya lo sabes”. Le hablaba de amar al mundo también. Algo difícil de entender, para el pensamiento cristiano.

Le recordaba algunas palabras y enseñanzas de su abuelo. Por ejemplo, le decía el señor Virgilio a su hijo, recuerda la divisa de su abuelo: “Amar y luchar”. “Acostúmbrate a meditar y presta atención a las siguientes palabras: juzga tú mismo”.

Felipe presenta un problema grave, con el vicio de la bebida. Pierde la oportunidad de tener y conservar una familia. Consigue el amor, pero el vicio, hace que pierda todo lo bueno, que la vida le presenta.

Pero está siempre abierto a los buenos recuerdos. Busca meditar, pensar y reflexionar, en lo bueno que le ha sucedido. Sin embargo, aparecen, en su memoria, cosas muy alocadas.

Tal es el caso, de la experiencia que vivió con su abuela, Filomena. El diablo, en la persona del brujo, quiso hasta besarla. Pasan cosas sin lógica, a veces cómicas, y absurdas.

Podemos tener grandes defectos, podemos ser esclavos de tantos vicios, pero Dios busca siempre iluminar nuestras vidas. Es cuestión de abrirnos a su Gracia.

Cuaresma es el tiempo propicio, para luchar y salir airosos de toda oscuridad que busca arroparnos. Todo en la novela, pareciera estar cubierto como con un manto oscuro.

Delgado, tiene muchas “amistades” mientras está bien, económicamente. Su sitio de encuentro es en la taberna “El purgatorio”. El vicio, domina su vida.

Había heredado de su padre una fortuna. Indaga en el mundo de la inversión, de la sociedad económica con otros. Es el caso con su tío Borda, y el señor Nicolás E. Oblitas. Cuyos diálogos son muy profundos, pero también educativos.

Palabras a Felipe Delgado: “Admirable – dijo Estefanic – tú lo sabes. Pero cuidado: tienes grandes aptitudes para caer al abismo”.

Dios a todos, nos presenta la oportunidad, para ayudarnos, y salir del abismo donde nosotros mismos, nos hemos metido.

Felipe Delgado, sale de una vez por todas, victorioso, del vicio que le esclavizaba. Por medio de algo malo que le sucede, un accidente, toma conciencia en el estado deplorable que se encuentra.

Se observa, harapiento, sucio y descuidado. Algunos relacionan, este episodio, con el álter ego, del autor. En donde decide, optar por la escritura, dando origen a esta novela: “Felipe Delgado”.

El Aparapita, posee un lugar importante en la obra. Este personaje, esencial, en la cultura boliviana. Beben hasta morir para liberar el alma del cuerpo.

Se caracterizan por ser de la cultura aymara. Llevan sobre sus espaldas, todas sus mercancías, y bienes. Desprecian vivir normalmente. Mentalidad muy extraña, pero interesante.

Aprender siempre de lo bueno

Un principio por antonomasia es que, debemos aprender siempre de las cosas buenas que nos suceden.

Cuando las experiencias de la vida, no son tan buenas, entonces, aprendemos que no debemos provocarlas, o no buscarlas de nuevo.

La lección, si ha sido aprendida, seremos fuertes para retirar lo negativo, lo que nos hace daño. En esto consiste, el cúmulo del aprendizaje, de esto se alimenta la paciencia y la prudencia.

Felipe Delgado, ante su desorden de vida, ante tanta oscuridad, y viviendo, como en callejón sin salida, sabía que, de arriba, del Cielo, venía la solución.

Se decía a sí mismo: “Necesito construir un mundo objetivo que me nutra. Necesito crear mi propia fe, necesito incorporarme en un orden que me corresponda, en función de algo, por algo, para algo”.

Hoy nosotros contamos con Cristo. Con su palabra, con la Biblia. En la cual, conseguimos lo necesario para esta vida, y lo esencial para gozar de la vida Eterna.

En la Biblia buscamos vivir de la enseñanza de Cristo. Conseguimos vivir por Él y para Él.

Aprovechemos este tiempo de Cuaresma que inicia, para interpelar nuestra vida a la luz de la fe en el Espíritu de Dios, que nos ilumina y nos acompaña.

Espíritu de Sabiduría, de Inteligencia y de la Ciencia que necesitamos. Para saber vivir ordenadamente. Aprovechando el tiempo, que lamentablemente corre, como el agua del río.

Veamos nuestra vida a la luz de la Biblia. Para ver su alegría, sus colores, y los matices, que nos presenta. Esto nos librará, de ver los momentos oscuros, grises, blancos y negros, que nos deprimen.

Momentos que veía Felipe Delgado, con relación a su vida, como los más espantosos engendros, del mal. Que borraban de su corazón, y de su mente, la luz de la razón.

Todavía somos inmaduros en la fe. Pero fijémonos en los niños, cómo buscan sobre vivir.

Dice San Pedro: “Como niños recién nacidos, busquen la leche no adulterada de la Palabra; gracias a ella crecerán y alcanzarán la plenitud” (1 Pe 2, 2). 

¡Dios les bendiga!

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