Segunda Emisión

martes, junio 22, 2021
El ciego Bartimeo

Santísima Trinidad

Nos acercamos a la palabra de Dios

Dios Padre

Un concepto sobre la Santísima Trinidad, es muy difícil de entender. Aunque sepamos de qué se trata, si no existe su experiencia, en vano, hablaremos de ella.

La Trinidad tiene que ver con la intervención de Dios en el mundo, y en nuestras vidas. Es un hecho. Una realidad. Que todos en alguna forma podemos experimentar.

Al ver lo creado, al sentir y saber, lo que significa para nosotros la presencia del sol, la luna, el aire, el agua, el árbol, los animales, inmediatamente pensamos en Dios Padre.

Todo lo creado nos habla de Dios. Cuando contemplamos las montañas, las nevadas, el cielo y su colorido, nos viene a la mente y a nuestros labios, alabar el nombre de Dios.

“Alaben al Señor desde los cielos, alábenlo en las alturas, alábenlo todos sus ángeles, alábenlo todos sus ejércitos.

Alábenlo el sol y la luna, alábenlo todos los astros de luz; alábenlo cielos de los cielos y las aguas por encima de los cielos.

Alaben el nombre del Señor, pues lo ordenó y fueron creados; los puso por los siglos de los siglos bajo una ley que nunca cambiará” (Sal 148, 1 – 6).

El nombre de Dios va acompañado de la admiración por su inteligencia, por su poder, por su amor. Nos acordamos de la gran interrogante: ¿Quién como Dios?

“¿Quién es como el Señor, nuestro Dios, que se sienta en las alturas, pero que se inclina para ver los cielos y la tierra?” (Sal 113, 5 – 6).

Basta con salir una mañana y contemplar la naturaleza. Con hacer una inspiración profunda y experimentar que todo ha sido hecho, para la calidad de vida.

Respirar bien y profundamente nos da la sensación de bienestar y satisfacción. Respiramos y decimos: sigo adelante.

De esta manera, hablamos de Dios desde nuestra experiencia. No de un concepto aprendido sino de un Ser Supremo, que lo ha hecho todo para nuestra felicidad.

Es una manera de darnos cuenta, que Dios existe. Existe a raíz de sus obras, que vemos y experimentamos. Ya no es un concepto aprendido. Dios es la verdad con la cual nos encontramos. Es el Sumo Bien. La verdadera “causa que no ha sido causada”.

Es de esta manera como nos vamos abriendo a la experiencia divina de Dios Padre. Dejando a un lado todo intento de especulación.

Dios no sólo se manifiesta en la vida día a día, sino en todo lo creado, también en su Hijo y a través de su Espíritu.

En Dios Padre ha estado y está unido su Espíritu y su Hijo. Son Tres Personas distintas, pero de una sola naturaleza. Unidas e inseparables. Que forman un solo Dios.

El inicio de la vida cristiana está acompañado por la Santísima Trinidad. Ha sido y seguirá siendo, tarea y misión de todos. Especialmente de los que nos hacemos llamar cristianos católicos.

“Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Dios Hijo

Por la encarnación, y no por la reencarnación, Dios se manifiesta de manera humana, y cercana. “Se hace realidad accesible a nosotros”.

La mejor manera de entendernos con Dios Padre ha sido por su Hijo. Lo conocemos por su Palabra. A través de su lectura, tenemos la experiencia de él.

De Jesús, Dios hace formalmente su presentación. En el bautismo, se oyó una voz que dijo: “Este es mi Hijo, el Amado; en él me complazco” (Mt 3, 17).

Leer la Biblia, es encontrarse con Jesucristo. Todos somos invitados por Dios Padre, para escuchar la voz de Jesús.

“Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: ¡Este es mi Hijo, el Amado, en él me complazco: escúchenlo!”         (Mt 17,5).

Jesús estuvo en el Padre, desde el principio de la Creación. “En el principio era el Verbo (la Palabra), y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios.

Estaba ante Dios en el principio. Por él ha existido todo, y nada llegó a ser sin él” (Jn 1, 1 – 3).

Dice Jesús: “Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer”.

Cristo ha resucitado

Jesucristo, está por encima del tiempo. “Suyo es el tiempo y la eternidad”. “Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad” (Hb 13, 8).

Acerca de Jesucristo, nos dice Ignacio de Antioquía:

“Aguarda al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible: al que por todos los modos sufrió por nosotros”.

Jesucristo no sólo nos comunica lo que le ha oído a su Padre, sino que también nos muestra su rostro.

“Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta. Jesús le respondió: Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre.

¿Cómo es que dices: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Cuando les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras. Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14, 8 – 10).

En el mismo evangelio de San Juan, nos dice Jesús: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30).

“Nadie ha visto a Dios jamás, pero Dios – Hijo único, el que está en el seno del Padre nos lo dio a conocer” (Jn 1, 8).

Dios Espíritu

La Salvación la hemos obtenido por el amor que el Padre ha sentido por nosotros. Se ha hecho plenitud en su Hijo que ha ofrecido su vida.

Es la Salvación, una gracia dada mediante el don del Espíritu Santo. Es el don total, que nos ha ofrecido y nos ha enviado el Hijo.

Es el Espíritu la luz, la protección y la compañía del cristiano. Es la manera plena de comunicación, y de entendimiento, entre Dios y los hombres.

Dios Espíritu, es la renovación en la vida divina, nos da siempre, fuerzas nuevas. Sin la acción del Espíritu en nosotros es imposible dirigirnos al Padre.

Por la gracia del Espíritu Santo podemos alcanzar la santificación. Podemos corresponder al Dios, Uno y Trino (en relación a la Naturaleza y a las personas). Por el amor.

“El Espíritu Santo es enviado e infundido en la Iglesia para santificarla como fruto de la redención del Hijo y de los planes salvíficos del Padre”.  

San Pablo nos da una gran enseñanza acerca del Espíritu Santo. De manera práctica nos hace entender lo que puede significar, tener la experiencia en el Espíritu.

“Entonces, hermanos, no vivamos según la carne, pues no le debemos nada. Si viven según la carne, necesariamente morirán; más bien den muerte a las obras del cuerpo mediante el espíritu, y vivirán.

Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. Entonces no vuelvan al miedo; ustedes no recibieron un espíritu de esclavos, sino el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abbá!, o sea ¡Padre!

El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, son también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo. Y si hemos sufrido con él, estaremos con él también en la Gloria” (Rm 8, 12 – 17).   

Caer y pecar están en nuestras posibilidades. De hecho, lo hacemos. Pero si tenemos bien claro, de dónde nos vienen: la luz, la protección y las fuerzas, saldremos vencedores.

El Espíritu al principio, cuando reinaba el caos, cuando todo era confusión, estaba con Dios. “Aleteaba sobre la superficie de las aguas”.

Estuvo siempre iluminando el mensaje de Dios al mundo. Dice el profeta Isaías: “El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí. ¡Sí, Yavé me ha ungido!” (Is 61, 1).

En el bautismo de Jesús, estuvo también, junto al Padre. Se manifestó de manera sorpresiva.

“Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él” (Mt 3, 16).

El Espíritu acompañó a Jesús, lo guio al desierto y lo fortaleció en la misión. “Jesús volvió de las orillas del Jordán lleno del Espíritu Santo y se dejó guiar por el Espíritu a través de desierto.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región” (Lc 4, 1. 14).

“Aquel que Dios ha enviado habla las palabras de Dios, y da el Espíritu sin medida” (Jn3, 34).

Tener la experiencia del Espíritu, es contar con la experiencia del Padre y del Hijo. Es poder contar con sus claras enseñanzas, contenidas en la comunicación de Dios.

Una comunicación que se nos ha dado en la Palabra, en la Biblia. Que espera siempre por nosotros.

Que, a ejemplo de la Santísima Trinidad, vivamos unidos, en comunión. Que nos podamos apoyar y ayudar, entender y respetar.

Que, en familia, entre compañeros y amigos, actuemos de acuerdo a la voluntad del Padre. Como lo hizo Jesús, y en compañía del Espíritu.

Jesús lo resumió en la siguiente frase: “Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34).

 ¡Dios les bendiga!

Padre Marcos Linares
Instagram: @elciegobartimeo
Twitter: @elciegobartimeo
YouTube: Encuentro con la palabra, el ciego Bartimeo

3 COMENTARIOS

  1. Amén 🙏 Gracias Padre Marcos por tan bella Palabra. Dios lo bendiga y proteja siempre. Amén 🙏🙏🙏 Debemos continuar con la lectura de la Biblia. De esta manera, escucharemos la voz de nuestro Señor Jesucristo. Amén 🙏

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