Segunda Emisión

martes, diciembre 1, 2020
El ciego Bartimeo

“Yo les aseguro que conmigo lo hicieron”

Cuando Jesús anuncia la llegada de su Reino, se refiere a su propia persona. Ha venido a curar, a sanar, a dar paz a los atormentados, a consolar a los tristes, a levantar a los caídos

La palabra de Dios, nos habla constantemente de la presencia del Señor en medio de nosotros.

Dios ha buscado la manera de comunicarse con todos, desde siempre.

Los sueños, los acontecimientos naturales, la palabra dirigida a los patriarcas, profetas, sabios consejos, las alabanzas de los salmos, los cánticos, las revelaciones; son clara señal del querer de Dios, para estar siempre aquí.

­“En diversas ocasiones y bajo diferentes formas Dios habló a nuestros padres por medio de los profetas, hasta que en estos días, que son los últimos, nos habló a nosotros por medio del Hijo, a quien hizo destinatario de todo, ya que por él dispuso las edades del mundo” (Hb 1, 1 – 2).

Por su hijo, Dios se ha hecho hombre y habitó entre nosotros. Sigue a nuestro lado, conoce de nuestro camino.

Persona leyendo la Biblia
Biblia

En la oración, en la eucaristía y en la palabra. Pero de un modo particular y especial, en los hombres, en los que más sufren y necesitan de nuestras ayudas.

Cuando Jesús anuncia la llegada de su Reino, se refiere a su propia persona. Ha venido a curar, a sanar, a dar paz a los atormentados, a consolar a los tristes, a levantar a los caídos, sobre todo, a perdonar y darnos con su Salvación, la participación en el cielo.

Recordemos lo que pasó en Nazaret, cuando llegó a la sinagoga, era el sitio donde había crecido. Siguiendo la costumbre de ir los sábados. “Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías, Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí. El, me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Y empezó a decirles: Hoy se cumplen estas palabras proféticas y a ustedes les llegan noticias de ello” (Lc 4, 17 – 19).

No podemos dudar, que en cada persona que nos necesite está Jesús. Es un principio vital en la doctrina del Señor.

En la enseñanza cristiana la fe debe ir siempre acompañada de buenas obras. Es un principio inherente a toda palabra. Palabra que sale de la boca de Dios y palabras que salen de nuestra boca.

Dice Jesús: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

Para poder decir nosotros que creemos en Dios, es necesario demostrarlo con buenas obras en beneficio de los demás.

Si decimos que creemos en Dios significa combatir cada día, aquello que nos hace ciegos, ante las necesidades de los demás: el egoísmo.

El egoísmo es un cáncer espiritual. Ser egoístas nos hace desagradables a Dios. Es el egoísmo, un caldo de cultivo para vivir amargados y hacer infelices a los demás.

Jesús llega a decir de los egoístas: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelaron y no me visitaron” (Mt 25, 41 – 43).

Se trata de las innumerables enseñanzas y lecciones de vida que nos traen las Sagradas Escrituras.

Dice San Pablo: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno” (2 Tim 3, 16 – 17).

Dios y los pobres

El pobre en el lenguaje de Dios no es aquél que se acostumbra a la necesidad, y se conforma con la escasez. Ese, puede ser un perezoso.

El verdadero pobre, evita el apego a las cosas materiales. Sabe muy bien que su destino final no depende de los bienes de este mundo.

Por lo tanto, puede tener muchos bienes, pero sabe que su valor está en Cristo y en sus palabras.

El pobre tiene su corazón en Dios. Sabe administrar muy bien los bienes materiales. En favor de los suyos y de los demás.

Pobre es también aquél que, a pesar de sus necesidades materiales, busca vivir bien por medio de su esfuerzo, de su lucha y de su trabajo cada día. De manera dependiente o independiente.

El pobre o no, de bienes materiales, tiene como característica común, que siempre necesita del favor de Dios y de los hermanos. No se siente autosuficiente.

Es humilde para saberse necesitado de la ayuda y socorro de los demás. No sufre de ningún complejo ocasionado por el orgullo y la soberbia.

Por eso, el pobre es también el lugar que ocupa Dios en la tierra. Vemos al Señor en los que nos piden ayuda, pero también reconocemos a Dios en aquéllos que nos socorren y nos alivian las cargas.

Este punto que podemos llamar misericordia es lo que explica el sentido de la existencia de Dios y de todos nosotros los seres humanos. Se conoce también a la misericordia, con el nombre de: amor.

Es tan importante este tema para la vida cristiana, para nuestra relación con Dios, en general, que está catalogado por el mismo Cristo, como el mandamiento principal e importante. Con relación a Dios y al hombre.

Es la misericordia un lugar de encuentro entre Dios y los hombres, y a su vez de los hombres entre sí.

Cuando practicamos la misericordia estamos hablando del reencontrarnos con Dios, pero que por su iniciativa nos sale al encuentro, por cada hermano que nos pide ayuda y que de verdad la necesita.

Es “un sentir el dolor ajeno y un contribuir a curar ese dolor” (Ignacio Ellacuría) que es todo lo contrario a la indiferencia, a la mezquindad y a la ceguera de no vernos y no reconocernos.

No podemos, ser o hacernos los ciegos ante las calamidades y necesidades de los que están a nuestro alrededor. “Aquellos que nos son más próximos requieren una misericordia más cercana” (Santo Tomás).

Cuando somos misericordiosos estamos demostrando nuestra importancia y rápida respuesta a Dios. Entonces decimos que estamos disfrutando de la esencia del Evangelio.

Hay que tener mucho cuidado con la ceguera blanca de la cual nos habla el escritor portugués, José Saramago, en su obra: “Ensayo sobre la ceguera”.

Esta novela fue publicada en 1995. Haciendo la salvedad de su opinión con respecto a Dios y ante la misma Iglesia; menciono su obra y su literatura. Sin detenerme a resaltar su estilo bastante particular para escribir, y la carencia de personajes específicos.

Se trata de una epidemia que ataca una determinada población, hace que la gente pierda la vista, sin esperar ver nada negro, sino una mancha blanca que les impide ver las necesidades sociales, y la de sus habitantes.

Solamente la esposa del oftalmólogo es inmune a la ceguera, del resto todos son encerrados en una especie de centro psiquiátrico.

“El mal blanco” es bastante contagioso. Lo cual impide ver lo que estaba ocurriendo en la sociedad, o que incluso viendo lo que ocurría, la gente no hacía nada para tratar de contribuir a su mejoramiento.

Este autor nos invita a ver la realidad de las cosas y que debemos contribuir con nuestra cuota, de mejoramiento. Independientemente de que hagamos poco o mucho, pero es necesario intentarlo y hacerlo.

Incluso el autor nos deja entrever la responsabilidad de no sólo ser videntes sino de serlo en representación de muchos, que ya perdieron ese sentido maravilloso de la visión sin dar la espalda y sin hacernos la vista gorda ante las necesidades que se producen en las sociedades.

Afortunadamente existen personas buenas. Esto permite que alimentemos la esperanza. Porque conscientes o no, Dios se vale de esto para hacernos sus instrumentos.

Instrumentos que en lo cotidiano hacemos y permitimos que el bien al final triunfe.

Vamos a ganarnos el lugar a la derecha del Padre, al salir de este mundo. Viendo que sí podemos ayudar y socorrer siempre. Sin ser ciegos, aunque sean otros y muy buenos, nuestros propósitos.

Reacciones ante esto: “creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que no ven, ciegos que viendo no ven” (Saramago).

¡Dios los bendiga!

Puede leer: “Al que tiene se le dará y le sobrará”

Padre Marcos Linares
Instagram: @elciegobartimeo
Twitter: @elciegobartimeo
Youtube: Encuentro con la palabra, el ciego Bartimeo

1 COMENTARIO

  1. Extraordinaria reflexión padre Marcos. Gracias por hacernos interiorizar la responsabilidad que tenemos ante el que necesita. Lo más importante es abrirnos a la llamada de Dios a servir al hermano y no ser egoístas con excusas superficiales: no tengo tiempo, no me alcanza, entre otras.

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